Bueno, lo de "nuevo" es una forma de hablar, la verdad.
La buena de Claudia, jerifalta de Kala, me pidió permiso para publicar el relato "El ascenso del submarinista", publicado hace un par de meses en este mismo blog, y, por supuesto, accedí. Así que aquí lo tenéis:
www.kalaeditorial.com
Por si lo quereis leer, releer, comentar o (Dios me libre de ser una mala influencia) puntuar.
Ah, si todo va bien, el que escribe será publicado en papel por estos mismos amigos. Cruzad los dedos conmigo, chavales. ¡Nos vemos!
"Aunque soy hombre de letras, no debéis suponer que no he intentado ganarme la vida honradamente."
George Bernard Shaw
miércoles 26 de marzo de 2008
Nuevo relato en Kala Editorial
jueves 28 de febrero de 2008
Re-saludos y nuevo serial
Hola a todos, improbables lectores (como diría aquel).
Después de un tiempo de cierta inactividad vuelvo al tajo. Como veis lo primero que me he sacado de la manga es el comienzo de un serial, protagonizado por un tipo la mar de simpático.
Lo que venga después, depende de vosotros.
Un saludo.
HÉCTOR VILLAS: FABRICANTE DE MISERIAS (1)
Héctor Villas era un hombre a la vieja usanza. En sus maneras y, desde luego, en la profesión que había escogido. Si Héctor era contratado para investigar, investigaba. Si lo era para detectar, detectaba. Si alguien tenía que recibir una paliza, repentina y misteriosamente, él era el indicado para propinarla, y si una paliza (por más fracturas óseas que incluyese) no era bastante, y se imponían castigos más severos, bueno, puede decirse que ni aún así Villas era demasiado reticente. Todo lo que se necesitaba era saber departir adecuadamente con él, discutir los pros y los contras, los más y los menos del asunto, y si los motivos esgrimidos por el contratante parecían legítimos, o respetables al menos, entonces Héctor Villas sólo necesitaba un pequeño anticipo y la cantidad de tiempo estimada. Y una vez llegados a este punto, no había vuelta de hoja: Indefectiblemente, el cornudo era fotografíado, el extorsionador apalizado, el verdugo ejecutado.
Sólo dos restricciones autoimpuestas eran inamovibles para él: Bajo ningún concepto apalizaba ni ejecutaba niños, considerándose "niños" en la clasificación de Héctor Villas a toda persona de edad inferior a los doce años, y no aceptaba encargos, de ningún tipo, que provinieran de mujeres. Lo primero tenía una explicación sencilla: Su propia hija murió con doce años. Ni qué decir tiene que sólo Dios sabe cuan diferente habría sido su carrera de no haber tenido hijos. La segunda claúsula, aún siendo más polémica, tampoco estaba exenta de cierta lógica, especialmente cuando era el propio Villas el que la argumentaba. Según él, y cito textualmente, no es posible que un hombre se someta laboralmente (o en cualquier a otro modo, pero ciñámonos a lo que nos ocupa aquí) a una mujer, sea de la edad o condición que sea, sin verse abrumado por una sofocante tensión sexual. Y tener que cargar con esa pulsión en una mano mientras con la otra coqueteas con la muerte y la violencia, no suele ser algo recomendable ni por, ni para la gente del gremio.
Por supuesto, Villas, un reconocido adicto al tabaco, el alcohol, el caballo y la cocaína, jugador, pendenciero y malcarado transgresor, en definitiva el tipo de hombre que toda mujer tiende a desear en lo más profundo de sus entrañas mientras ensaya una sincerísima mueca de asco, estaba destinado a quebrantar esta segunda regla en cuanto diera con la mujer adecuada, o en cuanto la paciencia de su falsa conciencia se agotase. Por fortuna para el aspecto estético de este relato, fue lo primero lo que antes ocurrió.
Obtuvo el trabajo de mano de su colega de tiempos inmemoriales, Juan Quina, un detective serio y con título, lo que equivale a decir que era gris, aburrido, y lo que es peor, desarmado. Quina revisaba periódicamente todos los trabajos que él, con su barriga, sus taquicardias y su hipóteca, no podía permitirse, y se los pasaba a Villas, que con su metro noventa de músculo, su tendencia natural a la violencia desatada y su despreocupación vital permanente (propia de aquel que ha olido en más de una ocasión la arena húmeda de la fosa), ofrecía mejores garantías.
Cuando sonó el teléfono de la pensión eran las cuatro de la tarde de un sábado, pero Villas aún estaba sumido en el sueño de los campeones, tirado en la cama y vestido sólo con unos vaqueros ensuciados con todo tipo de sustancias a lo largo de una intensa noche en el Barrio de las Maravillas, regada con copas, pinchazos y sexo encontrado con mujeres perdidas. Perezoso y dolorido, descolgó el auricular.
¿Diga?
Buenos días, Héctor. Soy Juan.
¿Buenos días?, dijo una voz que no parecía la suya desde el fondo de su pecho. ¿No es por la tarde?
Aún es de día, ¿no? Por tanto, buenos días.
Se dice buenas tardes a partir de las doce del mediodía, ignorante. Pero da igual, no quiero discutir. ¿Qué pasa?
Un trabajo. No para ahora mismo. Te doy siete horas para ducharte y vestirte y nos vemos en el Valhalla.
¿Dinero?
Mucho.
Suficiente.
Héctor Villas puso el auricular en su sitio y volvió a dormirse. Cuando se despertó por segunda vez habían pasado unas cuantas horas más, las suficientes para que la discusión que había mantenido anteriormente con su socio careciera ya de sentido. Aún adormilado, se estiró sobre el colchón avejentado, estirando todos los músculos del cuerpo que podía sentir. Al cabo de un rato de ejercicios se incorporó pesadamente, con la falta de gracilidad que se aseguraba para los momentos en los que nadie miraba, y quedó sentado al borde de la cama. Encendió la luz de la mesilla. Se pasó las manos por la cara. Suspiró. En la calle ya hacían ruido. Futuros clientes. Futuros objetivos. Gente sin más.
Bostezó. Sin prestar especial atención, abrió el cajón de la mesita y sacó el ejemplar de la Biblia de dentro. Apoyó su lomo gastado en las manos, dejó que ambas mitades del tomo cayesen en cada una de las palmas y, aún con los ojos borrosos por la casi-sobredosis-de-todo de la jornada anterior, leyó un pasaje al azar:
Macabeos, 15 21
Viendo el Macabeo la muchedumbre que tenía delante,
el aparato de las diversas armas y la ferocidad de los elefantes,
levantando las manos al cielo, invocó al Dios que obra portentos;
pues bien sabía que la victoria no depende de las armas,
sino de aquel que la concede a quien ve digno de ella.
Cerró el libro. Se quedó pensativo durante un instante y al poco volvió a guardar el librito y se levantó de la cama. Se asomó a la ventana, como siempre, sin esperar ver nada especial, como siempre. Caminó hacia el baño y encendió la tele al pasar, la cadena de videos musicales. Se duchó y se lavó los dientes y dudó durante un instante si afeitarse o no. Finalmente no lo hizo. Se puso una camisa negra con dibujo de rayas blancas, unos vaqueros y las botas con puntera de piel de serpiente. A lo lejos ahuyaba la sirena de una ambulancia. Un mal augurio siempre. Encendió un cigarro y volvió a la ventana.
Sonó el teléfono. Villas lo miró un instante, con cierta pesadumbre, y dio una calada al cigarrillo. El teléfono volvió a sonar. Villas apagó la televisión y descolgó parsimoniosamente el auricular.
¿Diga?
¿Héctor Villas? Era una voz de hombre. Mayor, posiblemente. No parecía ser de los que se confunden.
¿Quién llama?
¿El Héctor Villas del incendio del Shade? ¿El de la masacre de Ascao?
¿Quién llama?
Me parece que vas a salir para ir a algún sitio, ¿verdad? Si quieres un consejo, no vayas. Te lo dice un amigo.
Voy a colgar.
Todos tenemos una horma esperando a nuestro zapato, Héctor. Seguro que intuyes que algún día aparecerá la tuya, ¿me equivoco?
Escucha...
Dime.
¿Sabes quienes fueron los Macabeos?
¿Perdón?
Que te jodan.
Y colgó. Llamadas inesperadas y misteriosas cuando ya ha anochecido. Héctor Villas recibió unas cuantas a lo largo de su vida, pero antes de recibir la primera ya era todo un experto haciéndolas.
Terminó de consumir el camel, lo aplastó en el cenicero, y miró la hora en el display luminoso del video. Las 22:30. Cogió su cruz de la esquina del cabecero de la cama, se la colgó al cuello y se puso la chaqueta de cuero de solapa ancha. Levantó el colchón y sacó la beretta plateada de debajo. La guardó en el cinturón. De camino a la puerta encendió otro camel. Su móvil vibró en el bolsillo interior de la chaqueta. Lo sacó y contestó: Juan, ya voy para allá. La habitación, como siempre que la dejaba, había empezado a enfriarse. Oye, a lo mejor tardo un poco. Me han entretenido.
Y mientras Héctor Villas abría la puerta y salía al pasillo de la pensión, algo empezaba a manifestarse en esa habitación, como cada noche, en la ausencia de su ocupante. Una fuerza extraña, algo negro y terrible, como la noche que le esperaba en el exterior, y las noches que estaban por venir.
Quizá en ese momento Héctor Villas no podía ni tan siquiera suponer a lo que iba a enfrentarse. Pero posiblemente, si lo hubiera sabido, se habría enfrentado a ello de todos modos. Era su tendencia natural.
(Fin de la primera parte)
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jueves 24 de enero de 2008
BUENAS NOCHES, MISS JADE
2008
En cierto modo puede decirse que yo maté a Miss Jade. Aunque hace ya mucho tiempo que me mantengo al margen del ambiente del que ella era ama y señora, de vez en cuando me topo, por esos azares de la vida, con alguien que la sigue buscando, gente que se resiste a crecer con uñas y dientes, personas que deambulan por ahí con los ojos brillantes como el cristal y los pantalones sucios.
Aquí sentado, esperando a mi mujer dentro de mi coche de empresa aparcado en doble fila en plena Castellana, repaso todas esas caras e intento ponerles nombre. Es jodido. A veces me cruzo con alguno de ellos, me preguntan por Miss Jade, y me siento como el padre primerizo que le explica al hijo que los reyes son los padres, y entonces el padre y el niño se van cada uno por su lado, y la ilusión se acaba para los dos. Pero el hijo, con un poco de suerte, volverá a ilusionarse otras veces a medida que crezca, con nuevos sueños y metas.
Para el padre, en cambio, es el comienzo del lento camino al fin.
2004
Aún estoy borracho cuando bajo a toda prisa las escaleras del edificio de la calle del Pez, derrumbándome, viendo doblemente a mi colega Meires caer rodando por las escaleras ante mí, dos Meires tráslucidos y abstractos que se golpean contra los escalones escupiendo sangre y maldiciones. Bajo hasta donde se ha detenido y le ayudo a incorporarse, cogiéndole por los hombros. Un piso por encima de nuestras cabezas, Miss Jade ha salido al pasillo y nos grita todos los insultos que le pasan por la cabeza, en estricto orden de concepción, creo.
Puede que esté recordándolo como a mí me da la gana, pero me parece que en ese momento no tenía ningún miedo, ni por Miss Jade ni por lo que pudieran pensar los vecinos. Por lo que recuerdo, me limité a mirar a Miss Jade desde abajo, a través del hueco de las escaleras, con mi colega Meires colgando semiinconsciente de mis hombros, señalé hacia arriba y me reí de la cara enrojecida de pura ira que se vislumbraba a duras penas entre sus dos pechos enormes y duros como rocas bajo el jersey de cuello alto, y me reí. Me reí de ella, fuertemente, con exageración.
Después arrastré a Meires abajo, hasta la noche, hasta el coche.
Hoy, cuando recuerdo aquella noche, tengo claro que no sentí miedo entonces. Pero, igualmente, sé que siento mucha vergüenza ahora. Era la segunda vez que íbamos a casa de Miss Jade a pillar y creo que, ya entonces, estaba asquerosamente enamorado de ella.
2003
Estoy sentado en el Quimera, que es un bar perdido en una de las callejuelas de Sol. No sé si sigue abierto. Durante todo el año Meires, otro amigo llamado Danilo, que Dios lo tenga en su Gloria, y yo, seguimos el mismo modus operandi: Nos encontramos cada viernes a medianoche en la puerta del Louie Louie en Malasaña, tumbamos unos cuantos vasos, nos enchufamos un poco en el baño y desquiciamos al personal con nuestras pintas de ejecutivos totalmente fuera de lugar. Consciente o inconscientemente buscamos provocar una pelea y, si lo logramos, salimos al exterior a eso de las tres de la mañana como muy tarde para que el viento nos lama las heridas. Un par de rayas más en cualquier otro lado, en un cajero automático o sobre la tapa de un contenedor, a veces en otros lugares que es mejor ni recordar, y acabamos invariablemente en el Quimera, que abre toda la noche, sentados ante tres bocadillos humeantes y rodeados por heroinómanos, chaperos y putas que se miran entre si con recelo esperando a que estalle la guerra.
Después, pagamos y salimos, y sólo deambulamos. Nos ponemos más y más en la calle, entre risotadas y helados de frío, hasta que estamos con los bolsillos vacíos de droga y llenos de dinero para comprar toda la que necesitemos. Y, siendo Madrid como es, no tenemos más que recorrer unas cuantas calles para encontrarnos con una muchedumbre dispuesta a vendernos toda la que queramos.
Una de esas noches, en una de esas calles, se nos acerca Luso. Luso es un conocido, es yonqui pero no pasa. Meires y Danilo están definitivamente acabados por hoy, cocidos y en ebullición por la coca que se han estado hincando de forma desmesurada durante la última hora, así que soy el único en darse cuenta de que Luso está algo distinto. Por regla general, Luso se pasa la vida cabeceando por las calles, fumando en base en casa de algún travesti o aspirando superglue entre dos coches. Esta noche está drogado, por supuesto, pero también extrañamente lúcido. Como renovado.
Nos habla de la chica china. Nueva en la zona. Por supuesto, ni es china ni nada, sólo tiene los ojos ligeramente más almendrados que la española media y además sus enormes tetas naturales, nos cuenta Luso, la delatan como no oriental, pero al parecer le va todo el rollo de esas latitudes, acupuntura, teatro kabuki, incluso practica la adivinación, una especie de tarot tailandés o así, el caso es que Luso no para de hablar de la tipa mientras yo me esfuerzo en aparentar que tengo un mínimo interés en escucharle.
Y mientras Meires y Danilo discuten junto a un buzón, un poco alejados, Luso me dice: Es puta, y pasa coca. Eso me empieza a interesar algo más. Y me cuenta que la colega se ha puesto a pasar cocaína totalmente pura, que la trae su hermano directamente de Colombia y no sé qué coño más. No me creo lo que dice, porque Luso siempre ha sido un miserable y un drogata sin palabra y probablemente también un esquizofrénico, pero me da a probar una puntita que no rechazo porque es tan nimia que los posibles efectos negativos no suponen un verdarero riesgo, y el efecto es realmente demoledor. Luso me mira y me enseña sus dientes marrones como la madera bajo la forma de una sonrisa de gárgola, me guiña el ojo y se larga calle abajo, entre los gritos de los borrachos.
Por lo que a mí respecta, estoy tan ensimismado por la pegada de la nueva farlopa que cuando vuelvo en mí me doy cuenta de que he olvidado preguntarle a Luso la dirección de la tal Miss Jade, pero ya no está a la vista. Recojo a Danilo y Meires, que ahora se abrazan fraternalmente, y proseguimos nuestra odisea, dándole vueltas a la idea de la mujer misteriosa y su prodigiosa droga perfecta.
Al cabo de un tiempo, nos despertamos tirados en el césped del Retiro. No recuerdo nada más.
2008
¿Sabéis aquel tío, aquel ricachón que se compró un león cuando no era más que un cachorro, lo crió y cuidó durante años, hasta que fue un león adulto, el león fiero e imponente prodigándose en cariñosos lametones con el dueño ante las cámaras de los periodistas, y de repente, un buen día, lo devoró entero?
2003/2004
31 de Diciembre. Nochevieja. La ciudad entera va a estallar y Danilo, Meires y yo corremos a todo meter por la Gran Vía, completamente borrachos y puestos como si lo fueran a prohibir, nuestros abrigos negros flotando dramáticamente en el aire detrás nuestro mientras las chicas a las que Danilo ha metido mano impunemente junto al semáforo de Plaza de España gritan y nos insultan a nuestra espalda, persiguiéndonos. En esa época, ese era el éfecto que solíamos provocar en las mujeres.
Ese mismo día por la mañana he llamado al móvil de Luso, que conseguí de él mismo el fin de semana anterior, con la expresa intención de averiguar la dirección de Miss Jade. Queremos esa cocaína para despedir el puto año. Y quién sabe, tal vez algo más.
Despistamos a las terribles solteronas y nos colamos por la calle del Pez, Danilo gritando a los chinos que se cagan en esa noche, y buscamos con ojos turbios el número tres de la calle, guiados por la excitación tanto artificial como natural que nos embarga. No nos cuesta mucho encontrarlo: Del portal salen continuamente grupos de tios de todo color y pelaje. Luso ya me lo comentó, esa cabrona tiene a todos locos, a los yonquis y a los menos yonquis, mayores y jóvenes. No se le resiste ni uno. Eso es lo que yo quiero comprobar, la coca ha pasado un poco a segundo plano. Hay que averiguar si la chica está a la altura de la leyenda.
Una vez arriba, estamos a punto de darnos la vuelta: La puerta de Miss Jade está abierta, pero ella no está a la vista. En medio del rellano hay un magrebí con chupa de cuero y aspecto de chulo, que ha sido pillado en fraganti saliendo y discute con el viejo de la puerta de al lado, el cual al parecer le reprocha el volumen de la música que se oye atronar en el interior. La química bulle con menos fuerza en mi sangre así que no me siento con ánimos de interponerme en la escena, pero Danilo le echa cojones y se cuela en el piso. Detrás va Meires y, finalmente, yo.
Nos la encontramos de frente en el pasillo de la entrada. Vestida únicamente con ropa interior, exquisita eso sí, con una escoba en una mano y un recogedor lleno de cristales en la otra. Nos quedamos mirándonos de frente sin saber qué decir. De fondo retumba algún tema electro. Finalmente, no podía ser de otro modo, ella se lanza a romper el hielo:
¿Venís a pillar o a follar?
A pillar, por el momento. Habla Danilo.
Pasad, y cerrad la puerta.
No sé ni cómo, pero nos hemos quedado apalancados en su sofá, poniéndonos los cuatro. Danilo ha dicho algo acerca de la buenaventura -buena jugada- y a ella le hace bastante ilusión encontrar un alma afín. Son más de las cuatro de la mañana, y esa lúbrica demiurga ha encendido velas porque ha decidido apagar los fusibles para que así el telefonillo y el timbre, habitualmente siempre a pleno rendimiento, nos den un momento de calma y podamos así charlar tranquilamente. O mejor, para que ellos tres puedan charlar tranquilamente. Yo no digo nada, me limito a reírme por reflejo cuando creo que es de recibo, y nada más. Sólo la miro a ella, y ella es consciente de que lo hago. Coquetea. Ahora pienso que debí verlo claro: Una puta coqueteando. Qué peligro.
La velada prosigue en el mismo plan: Son las seis de la mañana, tal vez más tarde, y ella habla sin parar de no sé qué costumbres del Nepal. Danilo y Meires están de bajón, hundidos en el sofá, a cientos de kilómetros por debajo de nosotros. Yo la observo sin cansarme, pensando únicamente en poseerla en todos y cada uno de los sentidos: Poseer su rostro embriagado y su piel perfectamente suave, perfectamente coloreada, descolorida, sus tetas grandes pero turgentes, su estómago y su pelo, y ella de repente se interrumpe, bosteza, y acerca una de las velas a su reloj de pulsera. Y dice: Bueno, chicos, es hora de dormir, ¿no?
Y Danilo y Meires abren los ojos como murciélagos beodos, somnolientos y mareados, y empiezan a incorporarse a un penoso ritmo. Ella cruza la mirada con la mía, me invita y me incita a tomar una determinación. Así que me levanto y digo, con toda la autoridad que puedo reunir en esa situación y procurando sonar imponente:
Es hora de follar.
Ella se detiene y me mira con incredulidad, con una sonrisa burlona pero amable en la cara, y espera a que diga algo más. Así que digo: Vamos. Y tan sencillo como eso. Un minuto más tarde, Danilo y Meires están dormidos de nuevo en el comedor, y yo estoy en el dormitorio follándome a Miss Jade.
Mientras me la tiro, la condenada no para de hablar. No parece excitada pero tampoco disgustada, y aunque yo me esfuerzo en embestirla con ímpetu y en tensar la polla en su interior tanto como mis fuerzas me permiten, lo más que logro arrancarla son más y más palabras. Me habla de sus estudios de Bellas Artes, y de su temporada como voluntaria en la India, y de no sé qué exnovio, lo cual ya debería ser el acabose, pero yo estoy en un plano superior, abrazado a un éxtasis ajeno al sexo común, una maldición sensual que me empuja dentro de ella y me saca fuera una y otra vez mientras miro su cara, la cara más arrebatadora jamás vista, y entonces para su monólogo bruscamente, cuando tras sacarla, arrancarme el condón y eyacular sobre su pecho, me derrumbo sobre ella y, sin saber aún cómo, le suelto jadeante:
Te quiero.
En ese momento, ella me pide, no sin cierta educación, que me vista y me largue. Que coja a los escombros de mis amigos y me marche. Dolido y avergonzado, acepto a regañadientes, y cuando estoy poniendo el pie fuera de la casa, la oigo bramar, fuera de si:
¡Y no vuelvas nunca, hijo de la grandísima puta!
Ya veremos, contesto. Ya veremos.
Y cierro la puerta.
En la calle, decidimos no volver a casa de Miss Jade nunca jamás. Al cabo de unos meses, Danilo incumple la promesa. Regresa él solo, borracho como una cuba, se extravía por las calles traseras de la Gran Vía. Se cruza con alguien indebido, estalla la bronca y un borde reluciente sale a relucir. Le apuñalan tres veces. Un magrebí con chupa de cuero, un poco chulo, diría luego un travesti de la zona.
2008
¿Cuántas teorías existen sobre el amor? Realmente, no demasiadas. Todo el mundo tiene a su alcance la versión más adecuada a sus gustos. O crees ciegamente en él, o lo consideras únicamente un cúmulo de reacciones químicas destinadas a extinguirse. ¿Qué nos hace enamorarnos de una persona? ¿La visión que tenemos de ella? ¿La imagen que ella proyecta de si misma?
Ha llovido bastante. Ahora no sabría decir exactamente qué era lo que se me pasaba por la cabeza. El amor es una cosa, la posesión otra, dicen. No lo sé a ciencia cierta, pero algo me dice que cada cosa tiene mucho de la otra. El problema, en cualquier caso, es que efectivamente te enamores de la imagen de alguien, que desees poseerla, y que esa imagen se desvanezca un buen día, ante tus ojos. Y cuando te estás compadeciendo de tu mala suerte, te das cuenta de que la realidad es aún peor: Esa imagen de esa persona no ha desaparecido del mundo. Sólo ha desaparecido para ti.
2006
Hace ya mucho que no veo a Meires. Se cambió de empresa y no tardamos en perder el contacto. Sólo una vez, al regresar de mis vacaciones del puente de Mayo, me encuentro un e-mail suyo. Ha escrito un montón de cosas incoherentes, dfghdlfghdlffgfd, dfgjdfhgdkjfg, da-.zx,cnsdkkl, sólo eso, y estoy a punto de escribirle otro mail en respuesta o incluso llamarle, pero finalmente no lo hago.
Tampoco he vuelvo a ver a Miss Jade. De hecho, apenas salgo por la noche. Me limito a pasar los fines de semana en casa, leyendo y viendo películas. Un día estoy en la Fnac, en la planta de películas, y de repente me la encuentro: Completamente vestida de negro, absorta en la sección de cine de autor, ajena a las miradas que suscita.
Sudor frío. Mis pies, no yo, se acercan a ella y mi boca le saca de su abstracción: Hola. Ella se gira y me mira, genuinamente sorprendida, y para mi fortuna, no para mal. Nos damos la mano, y luego, nerviosos, dos besos. Nos reímos tontamente, levantamos un torpe inicio de conversación. Ambos tenemos varias cosas por las que disculparnos, y circunstacias actuales con las que exculparnos. Alabo su buen gusto fílmico, Buñuel y Kusturica, y rápidamente pasamos a otros términos.
Pagamos nuestras compras en las cajas, tomamos un café en el bar, salimos a tomar un sandwich en el Rodilla, paseamos y charlamos un rato, ya de noche.
Nos vemos unas cuantas veces más, charlamos, reímos, no hay nada qué temer. Y pienso: ¿Dónde está Miss Jade? Y pasan los días y los meses y las semanas y los años. No visito la tumba de Danilo, desconozco qué ha sido de Meires. Y cada vez más a menudo me pregunto: ¿Qué ha sido de Miss Jade?
2008
Al fin sale. Sube al coche, a mi lado. Ceñido traje-chaqueta negro, su rostro embriagado y su piel perfectamente suave, perfectamente coloreada, descolorida, sus tetas grandes pero turgentes, su estómago y su pelo. Todo en su máximo esplendor ante mis ojos. En su máximo esplendor, pero un esplendor insípido, anodino, descafeinado. Pero cálido, tan cálido.
Mientras conduzco de regreso a casa, la miro sonreírme de esa forma tan deslumbrante, su mirada huidiza y entrenada patinando por la calle. Busca a alguien, alguien de otros tiempos, viejos pero mejores, alguien a quien secuestrar el corazón con su embrujo, alguien deseoso y no acostumbrado a los lujos de su alma. En un semáforo ve a alguien salir del metro, un paria, pantalones sucios, ojos brillantes. Se miran fijamente, el reconocimiento es mutuo y además evidente. Yo, tranquilo y satisfecho, no hago nada: Les miro mirándose.
Buenas noches, Miss Jade.
a las
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miércoles 23 de enero de 2008
Dos asuntos más:
- Finalmente el técnico de Telefónica ha venido hoy mismo y ya está todo en orden, así que vuelvo a disponer de internet. No os librais de mí, chicos.
- Los chicos (y chicas, imagino) de Kala Editorial me han incorporado a su plantilla de "escritores seriales", publicando además un relato que vio la luz previamente en este sitio. Aquí podéis encontrar tanto el texto como mi "ficha serial":
http://kalaeditorial.com/site/
Un saludo.
martes 22 de enero de 2008
Un pequeño alto en el camino
Hola a todos.
Es poco habitual que me dirija a vosotros directamente a través de aquí, sin hacerlo a través de alguna de mis historietas, pero resulta que el domingo mi conexión de internet comenzó a fallar cada vez más y más hasta caerse completamente, y para más inri anoche ni siquiera tenía línea telefónica.
Así que después de bregar con esos seres del averno, tan omniscientes ellos, llamados teleoperadores del grupo ADSL de Telefónica, conseguí que me concedieran el honor de enviar un técnico a revisar la instalación... Eso sí, ni idea de cuando vendrá.
Así que, como es posible que esto vaya para largo (relativamente), os pongo sobre aviso. Sí, ya sé que tendréis cosas más importantes que hacer que leerme, como absolutamente cualquier otra cosa habida o por haber, pero al menos así sabreis que no he abandonado el blog y que dentro de no mucho estaré de vuelta para seguir rastreando las calles en busca de nuevos "cabezas de plomo" de los que hablar.
Hasta entonces, un saludo para todos.
martes 15 de enero de 2008
NI AÚN ASÍ
En un coche, una pareja de novios. Durante todo el trayecto, él no dice ni una palabra, pero ella, sin embargo, no para de hablarle, de reprocharle, de maldecirle.
Al cabo de una hora, llegan a un páramo. Él se baja del coche, abre el maletero, y empieza a cavar un agujero en el que enterrarla a ella.
a las
22:37
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